Pese a que la sexualidad ha tenido un inadecuado tratamiento y escasa atención a lo largo de la historia, es entendida como una dimensión global que afecta por entero a la totalidad de la persona. Existe desde el nacimiento y está implicada activamente en el desarrollo, evolución, equilibrio emocional de la persona, así como en la construcción de la identidad, los vínculos y la autoestima. Por tanto, separar la sexualidad del resto de la personalidad, supone escindir a la persona de su realidad concreta y vivencial.
Al igual que sucede con otros aspectos del conocimiento y del comportamiento humano, siempre ha existido una educación de la sexualidad, en el sentido de que siempre ha habido una transmisión de valores, opiniones, actitudes… Pues cada sociedad y cada generación ha creado una manera de entender la vida, de entender las relaciones entre las personas y en el caso que nos ocupa, una manera de entender la sexualidad y la educación sexual, añadiendo las modificaciones de la propia experiencia y los debidos cambios de cada época.
Se esté de acuerdo o no con la impartición de educación sexual, se considere o no necesaria, se acepte o se rechace, educación sexual la hacemos todos y todas en todo momento, se produce en todos los niveles de lo cotidiano, de manera involuntaria e informal a través de nuestro comportamiento, actitudes, relaciones, la influencia de los medios de comunicación etc. Es imposible no hacer Educación sexual, ya que cada gesto, comentario, mirada… incluso nuestro silencio educa y transmite valores, normas y modelos relacionales. Pero esta adquisición de valores, conocimientos y actitudes sobre la sexualidad también puede realizarse de manera consciente y voluntaria a través de la palabra, textos escritos, y programas formativos.
La Educación sexual es una demanda social basada en el derecho de todas las personas a recibir información, acompañamiento y educación integral, basada en la evidencia científica y en los derechos humanos. Una información que debe ser rigurosa, objetiva y científica, basada en los beneficios de una sexualidad responsable e integrada en la persona para promover así un mejor nivel de salud y de calidad de vida.Para ello, los programas y soportes utilizados en Educación Sexual deben tener en cuenta estas premisas y adaptarse a las diferentes edades, contextos y realidades sociales, contemplando alternativas que permitan desarrollar una vivencia sexual satisfactoria, saludable y libre de violencias.
De ahí que los programas de Educación Sexual deben ir más allá de la mera charla biologicista, y además de incluir los aspectos relacionados con la anatomía, anticoncepción, infecciones de transmisión sexual y VIH-SIDA, es preciso que contengan información, orientación y educación sobre los aspectos afectivos, emocionales y sociales.
Para ello es conveniente que profesionales que impartan educación sexual si queremos que los programas sean efectivos deben tener unos conocimientos adecuados sobre el hecho sexual humano, una revisión crítica de sus propios valores y clarificación personal, para evitar así transmisión de creencias erróneas y mitos a la persona que le demande la información ya sea en una consulta o en una clase. Es conveniente que conozcan de cerca la realidad y sobre todo ser conscientes de que a lo largo de todo el proceso se está siendo un modelo. Nuestras actitudes y comportamientos tienen una gran importancia en la educación sexual.